15 Ene 2020

En el artículo de hoy vamos a tratar una de las figuras históricas más interesantes que podemos abordar, Abdarrahman III. Con él, Córdoba se convertiría en el Estado más poderoso de occidente. La vida de Abdarraman resulta apasionante. Su abuelo, Abd Allah, tras distintos altercados que marcarían un antes y después en palacio, lo elige como sucesor. Abdarrahman era hijo de la cristina Muzna y del príncipe fallecido Muhammad, y desde pequeño recibió una educación acorde para ser el futuro gobernador. En el 912 es nombrado emir, heredando un reino debilitado y con graves problemas económicos. Abdarrahman estaba decidido a recuperar el prestigio perdido, y su principal misión no fue otra que unificar el Estado omeya. El nuevo emir fue un hombre culto, sabiendo mezclar la diplomacia con la guerra y la firmeza con la generosidad. Como curiosidad podemos subrayar que su primer acto político fue recibir el juramento de lealtad de sus más allegados. La primera de sus expediciones, será la que manda emprender en el 913 contra la ciudad de Écija. Antes de someter el norte de al -Andalus, se autoproclamó califa del Islam y protector de la religión, algo que cambiaría para siempre la historia del lugar. Sin embargo, no todo fueron logros durante su mandato. Tras casi tres décadas de victorias incesantes en el campo de batalla, su derrota en Simancas por los leoneses le marcaría profundamente. Un hecho que supuso el fin a la idea de conquistar el norte cristiano.
No obstante, sumamente astuto, el califa se convertiría a posteriori en árbitro de las disputas entre los Estados cristianos peninsulares. Igualmente, consiguió convertir a Córdoba en el centro cultural y político de Occidente. Tal poder se reflejaría en una obra cumbre: Medina Azahara. Esta ciudad palatina fue concebida para impactar al visitante y contó con un exquisito ceremonial adaptado del de los emperadores bizantinos y los califas de Bagdad. En las crónicas se señala que Medina Azahara llegó a tener unas 500 puertas, lo que nos da idea de lo fastuosa que tuvo que ser.
El gran califa murió en el 961, a los 70 años de edad, tras 49 años en el trono. Le sucedió su primogénito, Alhakan II. Según relata Ibn Idari, el califa no fue un hombre del todo dichoso. Anotó en un diario los días en los que realmente fue feliz: solo catorce. Algo cuanto menos asombroso. Hacia el año 1000 las diez ciudades más pobladas de Europa, salvo Constantinopla, eran andalusíes. Ciudades con infraestructuras que tardarían varios siglos en llegar a París o Londres.

La deuda de la cultura europea con al-Andalus es, por consiguiente, enorme y, como vemos, Abdarrahman III marcó un hito en la historia difícilmente superable.