27 Nov 2019

Todos tenemos en la mente esas imágenes de los patios cordobeses totalmente floridos en primavera, llegando a su cénit en el festival durante el mes de mayo. ¿Pero cómo era y es la vida en los patios durante el otoño?
El patio, como testigo de la vida de los cordobeses desde época romana, siempre ha tomado el pulso de cada efeméride y acontecimiento importante de las familias que lo habitan. Por eso, cuando llegaba la conmemoración de los difuntos a principios de noviembre, se procedía a la recolecta de flores de la época para ser depositadas sobre las lápidas en los cementerios. Crisantemos, margaritas, crestas de gallo o celosías plumosas recién cortadas eran llevadas con mimo y recogimiento al lugar de enterramiento. Durante esos días tampoco faltaban los postres caseros como las gachas o huesos de santo, preparados en esas cocinas comunitarias tan pequeñas como vividas.
Una vez que noviembre iba llegando a su fin, la austeridad y silencio se convertían en algarabía y alegría por la llegada de la navidad. Las familias y vecinos se convocaban de forma espontánea en los patios para improvisar villancicos y coplas antiguas entorno a una gran candela en las frías noches cordobesas. Canciones del compositor cordobés Ramón Medina como “Campanas de la Mezquita” o “La cuesta del Reventón” se repetían sin cesar desde el barrio de San Basilio hasta el de Santa Marina. Famosas son las reuniones en la casa del torero Manuel Laureano Rodríguez Sánchez “Manolete” en la plaza de la Lagunilla, donde cada vecino aportada platos consistentes y dulces para compartir en familia.
Actualmente se sigue fomentando la vida en el patio durante navidad, con conciertos, degustaciones de dulces y actividades culturales. Si quieres saber más sobre los patios
cordobeses, declarados patrimonio inmaterial de la humanidad por la UNESCO, no dudes en reservar nuestra visita guiada por los patios de San Basilio, los más emblemáticos de la ciudad.