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La plaza del Cristo de los Faroles es la Plaza de Capuchinos. Al entrar, lo primero que ves es cómo emerge en solitario el Cristo de los Faroles. Es un espacio amplio, diáfano, encalado y sobrio, de planta rectangular y prácticamente cerrada, y contrasta con las callejuelas por las que se accede a la plaza.
Se encuentra al norte del casco histórico de Córdoba, cerca de la Plaza de Colón, la Plaza de las Tendillas y el Templo Romano de la calle Claudio Marcelo. La dirección es Plaza de Capuchinos s/n, 14001, Córdoba. No tiene horarios ni entradas, es pública, de libre acceso y gratuita. Si puedes elegir, al anochecer es cuando más se disfruta, con la luz de los faroles.
La historia de la Plaza de Capuchinos arranca mucho antes de que existiera como la vemos hoy. En 1236, tras la donación del solar por el rey Fernando III a Bartolomé Corbacho, este lugar se conocía como la plazuela del Corbacho. Con el paso de los siglos, la zona fue cambiando dentro de esa idea de ciudad conventual, donde las órdenes religiosas marcaban el ritmo del desarrollo urbano.
El carácter del enclave se empieza a definir entre los siglos XVI y XVII con dos presencias clave. En 1596, Fray Pedro del Castillo funda el Hospital de San Jacinto para atender a enfermos incurables y establece su propia regla en 1602. Más tarde, en 1629 llegan los frailes capuchinos y se asientan en 1633. En ese punto, el 6 de enero de 1638 se coloca la primera piedra de la iglesia del convento del Santo Ángel, pero la plaza como espacio abierto todavía no existía: era un recinto cercado, el compás capuchino.
La plaza nace oficialmente en 1730 por un acuerdo de convivencia. Los capuchinos propusieron demoler las paredes de su compás para crear un espacio grande frente a la nueva iglesia de San Jacinto, a cambio de que el hospital renunciara a privilegios heredados del marqués de Ariza, como la tribuna privada con vistas al altar y el derecho al agua de la huerta. El 31 de julio de 1730 se formalizan las escrituras, y aquel callejón estrecho se convierte en la plaza encalada y adoquinada que reconoces hoy.
A finales del siglo XVIII llega el último toque que explica por qué este lugar es tan conocido en Córdoba: se impulsa la instalación del Cristo de los Faroles, inaugurado en 1794, después del encuentro con el misionero fray Diego José de Cádiz en 1786, que fortaleció los vínculos entre el Ayuntamiento y la orden. Ya en el XIX, los frailes pasan por procesos de desamortización, como el de 1810, el de 1821 y el de 1835, y el convento se vendió y derribó, quedando la iglesia en posesión de la Mitra. Pese a la exclaustración de 1836, la plaza se mantiene con esa fama de oasis de calma, y en el siglo XX se completa la fisonomía con la verja del Cristo en los años 20 y la renovación de sus faroles en 1984.
En la Plaza de Capuchinos, la que muchos vienen a buscar como Plaza del Cristo de los Faroles, el conjunto se entiende rápido, el Convento de los Capuchinos, la Iglesia de los Dolores y, presidiendo la plaza, el Cristo de los Faroles.
Y aquí importa mucho por dónde entras. La plaza tiene dos accesos, al este y al oeste: desde la Cuesta del Bailío o desde la Plaza de las Doblas. Si llegas por la Cuesta del Bailío, la vista se te va directa al Cristo. Si entras desde la Plaza de las Doblas, domina la perspectiva la blanca fachada de la iglesia del Convento de los Capuchinos.
El Cristo de los Faroles preside la Plaza de Capuchinos y es lo primero que se te viene a la vista al entrar. Es una imagen esculpida en piedra, obra del cantero Juan Navarro, y su advocación es la de Cristo de los Desagravios y Misericordias.
En una lápida se indica que quien rece devotamente un credo delante de la imagen obtiene trescientos sesenta días de indulgencia, con fecha de 1794. Por la noche se entiende el nombre: el Cristo queda alumbrado por ocho faroles, y por eso el anochecer suele ser el momento más recomendable para verlo.
La Plaza de Capuchinos se llamó así desde principios del siglo XVII, cuando se fundó el primitivo convento de frailes franciscanos. Es una plaza de planta rectangular, prácticamente cerrada, donde domina por completo el blanco de la cal en sus paredes lisas. Esa es su estética: amplia, diáfana, encalada y sobria, y por eso contrasta con las callejuelas que por ambos lados dan acceso a la plaza. Hoy se entiende como un lugar que invita a la reflexión y al silencio.
Tiene dos accesos, a este y oeste, desde la Cuesta del Bailío o desde la Plaza de las Doblas. Si entras por la Cuesta del Bailío, la vista se te va al Cristo de los Faroles que preside la plaza. Si lo haces desde la Plaza de las Doblas, domina la perspectiva la blanca fachada de la iglesia del Convento de los Capuchinos.
El Convento de los Capuchinos arranca en 1629, cuando Fray Félix de Granada compró al marqués de la Almunia una casa en la Puerta del Corbacho para levantar aquí el convento. Las obras estaban acabadas en 1633 y la iglesia se construiría después; de hecho, el 6 de enero de 1638 se colocó la primera piedra de la iglesia del convento del Santo Ángel. La iglesia se planteó con una sola nave, crucero y una cúpula sustentada sobre pechinas. En la fachada, donde hubo tres arcos de medio punto, hoy queda el central, con una hornacina con San Francisco, dos vanos rectangulares estrechos a los lados y un frontón triangular con un pequeño óculo.
A su alrededor, el conjunto se completa con la Iglesia de los Dolores y el hospital. El hospital primitivo de San Juan y San Jacinto lo fundó en 1596 Fray Pedro del Castillo y se mantuvo en otro enclave hasta 1717, cuando el Padre Posadas lo trasladó a esta plaza, frente al convento. La plaza presenta dos accesos a iglesia y hospital: la portada de la iglesia es adintelada y se enmarca con un frontón triangular partido, con una hornacina con la Virgen de los Dolores; la portada del hospital repite el esquema, pero con frontón curvo y la imagen de San Jacinto, y debajo el escudo del obispo Marcelino Siuri, patrocinador de las obras.
Dentro, la Iglesia de los Dolores mantiene el esquema de una sola nave, bóveda de cañón y cúpula sobre pechinas en el crucero. Destaca un camarín neoclásico en la cabecera con la Virgen de los Dolores, conocida como la Señora de Córdoba, tallada por Juan Prieto hacia 1719. Y uno de los altares del lado del evangelio está presidido por el Cristo de la Clemencia, realizado por el escultor sevillano Amadeo Ruiz Olmos en 1939.
La Plaza del Cristo de los Faroles o Plaza de Capuchinos no tiene horarios: es un espacio público, de libre acceso, y puedes pasar cuando quieras. No hay control de entrada ni nada parecido.
Tampoco hay entradas ni precios: es completamente gratis. Lo único aparte es que las iglesias que la rodean funcionan con sus horarios de culto, y ahí sí depende de cada templo.
En Semana Santa, la Plaza de Capuchinos puede estar algunos días poco transitable o incluso inaccesible, porque salen las hermandades que tienen sede canónica en las iglesias que se ubican alrededor de la plaza.
Y en Cruces de Mayo puede pasar algo parecido, si se considera que el aforo está completo, las autoridades pueden aplicar medidas restrictivas para acceder a la plaza.
La plaza es accesible, aunque, como buena plaza del casco histórico de Córdoba, el pavimento es de bolo cordobés, con cantos rodados de gran tamaño, y a personas con movilidad reducida no les son de gran ayuda.
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